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EU SOU
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meus olhos têm telescópios que enxergam mil metros longe de mim
 
sexta-feira, janeiro 16, 2004  
El deseo más feo

¿Por qué tenían siempre los cuentos que hablar de amor? No consintió que fuera así su primer cuento. Se despertó muy tarde y vio por la ventana que ya todos barcos habían salido. Le dio cierto alivio la soledad del momento y, sin vestir más que unos viejos pantalones que ya le quedaban muy cortos, salió hacia el mar.

Quería él estar muy solo. No pasó por la calle principal y se fue a la playa más desierta. Esperaba que el aislamiento le dejara escribir su cuento.

Caminó hasta el medio de la playa y se puso donde podía ver muy bien el mar y gran parte de la arena. Estaba solo y vio que nadie se acercaba. Desnudóse por completo y se quedó unos minutos mirando la quietud del mar. Sabía que era señal de una tormenta venidera.

Quería estar libre de todo. Vio que aún llevaba al cuello una cadena. No la quiso más y arrancósela. Aun así no estaba satisfecho. Tenía un deseo de quitarse todo, desnudarse también de la piel.

Empezó a rascarse con toda la fuerza que tenía. Se detuvo un instante cuando vio asomarse en la arena un cangrejo de ojos muy grandes. No le gustó el espía y quiso matarlo. Lo agarró y muy despacio le arrancó los ojos. Después le arrancó las patas una a una. Quiso antes que se muriera el cangrejo que sufriera como él quería sufrir. Al fin, destruyó lo que restó y lo tiró a la arena.

Volvió a rascarse con mucha fuerza. Le salía la piel en algunas partes y la sangre empezaba a cubrirle el cuerpo. Quiso también arrancarse todo el pelo y lo hizo de manera tan voraz como si la destrucción le apaciguara una sed descomunal.

No se detuvo más. Continuó su destrucción con más y más dedicación. La sangre cubrióle todo el cuerpo y casi no le quedaban más cabellos. Aun así, no conseguía sentirse desnudo.

Vio que el cielo se oscurecía, nubes negras se volvían más espesas y cayeron las primeras gotas de una llovizna muy fría. Empezó a arrancarse la piel con aun más ahínco y se lanzó al mar para que la sal le pudiera quemar. Necesitaba encontrar más maneras de sufrir. El dolor que sentía no le era suficiente. Deseaba el sufrimiento más terrible.

Salió del mar casi sin la piel, dejando huellas rojas en la arena. Le quedaban blancos en la faz sólo los ojos y los dientes. Todo se había vuelto rojo y la tempestad caía con el peso del plomo.

Fue cuando la llovizna volvió aguacero y el agua pudo llevarle toda la piel que él pudo sentirse desnudo.

Logró entonces estar aislado y desnudo como quería. Estaba él ante el mar y su tormenta y nadie más. Buscó entonces en los bolsillos de los pantalones ya olvidados en la arena el libro en que iba a escribir su cuento.

Se puso a escribir bajo la lluvia. Tuvo que repetir muchas veces la misma frase ya que el agua todo borraba. No desistió. Tenía que escribir solo y desnudo y ese le pareció el único momento.

Pero luego vio que sus esfuerzos habían sido en vano. No estaba más solo. No muy lejos de él, unos buitres se peleaban para comerse los restos del cangrejo que él había muerto. Vio que no lograría nunca estar solo y desistió. Se acostó en la arena so la lluvia y esperó por la muerte tan inminente como le pareciera la tormenta.

Se quedó acostado de ojos abiertos hasta que le empezaron a picar los buitres. Sentía las picadas por todo el cuerpo mientras miraba el agua de la tormenta. Continuó mirando el cielo hasta que no lo pudo más. Le comieron los buitres los ojos y otros cien mil buitres terminaron de comerle la carne. Los huesos se lo llevaron los cangrejos.

Después de la tormenta, la playa se volvió desierta. De él restó sólo el papel con las primeras frases de un cuento que hablaba del sufrimiento.

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